El aire. El aire rozando mi cara. Esa sensación de libertad, casi alegría al ver que, casi dos años después, me subía al skate y rodaba unos metros sin apenas perder el equilibrio.
Y de pronto me doy cuenta de que no soy dueña de mi cuerpo. Así, sin pensarlo, avanza unos metros, gira a la derechas y se para delante del semáforo que casualmente está rojo. Y yo sin enterarme. Nada ha sucedido. Pero no me asusto. Pasan unos segundos y el semáforo se vuelve verde. Vuelvo a andar, sin que mi cerebro ordene nada. El brazo derecho se eleva y la mano aparta un mechón de pelo colocándolo tras la oreja.
Me paro. Esto ha sido una órden real. Lo vuelvo a notar. Aquella espécie de palpitación rítmica. Algo que no cesa. Me doy cuenta de que estoy respirando. Hago un amago de sonrisa.
Al final, parece ser, que estoy viva.
-Limón